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miércoles, 8 de febrero de 2012

ESOS POBRES ERIZOS

Llevo la sierra por un lado y a babor. Rondan sus caries unos cirros de tela, o de azúcar, en filetes rosa; derivan con rumbo sur, vienen conmigo, me acompañan, cubren campos centeneros, navazos y marjales, extienden sombras que encapotan o quizás aclaran las duras tierras de labor, el barbecho reverdecido donde viven los algarrobos, el ligusto paciente, el carrizal y la zarzaparrilla. Dejo Rubert a una legua (ombligo plano de la roca, atalaya humilde, buen pastor) y desciendo por rectas interminables que me permiten ver, a modo de rubeóla, las grandes lupias del asfalto donde las ruedas hacen un ruido de chaparrón. Cuento, con pena, erizos patas arriba sobre el resinoso macadán: inmóviles y sin ánima. Para estos seres tan simpáticos y huidizos, la estación del amor (días y noches de septiembre) es -por una injusta paradoja- una temporada lúgubre. Se persiguen bajo la luna, maduros y electrizados, movidos por un fatum que los lleva a desearse, a cortejarse entre las jaras del monte. Por encima de sus cabezas, la noche se va arrastrando, derrotan los luceros, las galaxias con apodos náuticos que ellos nunca van a descifrar; y al romper ese vacío, ese trozo de pórtland separando el monte como un sable o como un labio, dos luces se precipitan y, sañudamente, la gran mole de chatarra va a extinguir un rumoroso corazón, tanto deseo. Mueren los erizos al amanecer, y rememoro, atado a mi volante de cuentista, de rufián, unos versos de Roethke -el poeta de los animales-, que desesperaba por todo cuanto de injusto, inevitable y aleatorio vibra en el destino de cualquier criatura:
"Pienso en el nido caído entre las hierbas altas, la tortuga que jadea sobre la sucia autopista, el paralítico pasmado en la bañera... y el agua subiendo. Todo lo inocente, desgarrado y olvidado".

Jorge G. Aranguren, de "Cuarto de luna".

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LA CENTELLA



A su madre no le interesaba repetir conceptos manidos, sino crear, pensar por su cuenta. Se interesaba en las ideas. En la vigencia de los clásicos, por ejemplo, saber dónde y por qué su lengua y sus temas seguían siendo actuales. Ella afirmaba que toda obra se sostenía por esos cuatro fragmentos en que el idioma vivía e irradiaba luz sobre el cañamazo lingüístico. Esos pasajes lo eran todo. Su suma constituía la literatura de una nación. Eran los pasajes que no requerían de notas ni acotaciones para su disfrute, aunque algunos o muchos de los vacablos nos fueran desconocidos. Y algunas porciones de las obras morían. Tirso, Góngora, Cervantes las tenían. Las obras más perfectas de los escritores del pasado, y aun las de los vivos, poseían esas zonas donde la lengua se enmohece y petrifica. Una obra se salvaba sólo cuando contenía la centella de verdad, ese halo extrañísimo que alimenta o vivifica el lenguaje.

Sergio Pitol, de "El desfile del amor".